¡Conoce cómo hacer parte de Número Cero!
Jorge M. Escobar Ortiz
Anna.
—¿Ana? —bromeé.
—No, An-na, con doble ene.
—¿Y uno para qué necesita dos enes en el nombre? —le pregunté—. Con una es más que suficiente.
Me miró con una mueca entre la burla y el halago. Movió la cabeza para acomodarse mejor y, con la mano que tenía libre, empezó a organizarse el pelo, que se había deslizado por los listones de madera del puente y casi rozaba el agua más abajo.
—Era por si se me perdía una de las dos —dijo al fin jugando con las piernas en el vacío—. Me quedaba la otra y así no tenía ningún problema, ¿entiendes?
—Sí, entiendo —le dije, reacomodándome en los tablones—. Es como con el repuesto de una bicicleta.
Ella dudó por un momento.
—Sí —replicó—, como con una bicicleta.
La quebrada corría despacio bajo el puente. Sentados en el borde, los dos movíamos las piernas al aire, abrazados a los tubos de hierro del pasamano. Algunas gotas de helado caían de nuestros dedos y se perdían en el fondo, atraídas por la corriente. Ella continuaba recogiendo su pelo del suelo y lo acomodaba en sus muslos.
—¿Y cómo se te perdió la primera ene? —pregunté después de lamer de mi helado.
—No sé —respondió y lamió del suyo—. Yo era muy pequeña, no me acuerdo bien.
Mi mamá fue la que me dijo, creo que cuando vinimos a vivir acá. Empecé a ir a la escuela y la profesora no sabía cómo decir mi nombre. Me decía Ana, no Anna, con doble ene. Entonces todo el mundo empezó a llamarme así. Es lo que recuerdo.
A mí me gustaría tener dos enes en el nombre también —agregué después de pensar por un momento—. O bueno, no dos enes, sino dos letras repetidas. Sería bonito.
—Es bonito —repitió ella, y después de terminar de masticar el barquillo de su helado, enrolló la servilleta sucia y la tiró a la quebrada—. ¿Vamos ya? —me preguntó, poniéndose de pie.
Yo me limpié la boca con mi servilleta y me la metí en el bolsillo antes de pararme. Ella se inclinó un poco, tomó la canasta de metal que siempre traía cuando salía de paseo conmigo y continuó recogiendo su cabello del suelo, sin fijarse mucho en las ramas, las hojas y el polvo que traía enredados en él.
Fui al extremo del puente por las bicicletas, les quité los candados y volví caminando con una en cada mano. Ella seguía recogiendo pacientemente kilos de cabello del suelo, para luego doblarlo sobre sí mismo y ponerlo en la canasta. A mí me gustaba verla así, paseando de un lado a otro con la canasta colgando del brazo, con su cabello descendiendo por su cuerpo y cubriéndolo como un velo. Imaginaba que nos preparábamos para ir a un bosque donde tendríamos un pícnic, un pícnic de cabello. A veces, le decía que nos sentáramos bajo algún árbol y le pedía que dejara rodar su cabello en la hierba. Ella lo liberaba de la canasta, lo ponía a desenrollarse como una alfombra, y yo me acostaba y me cubría con él mientras conversábamos.
Sostuve su bicicleta a un lado para que no cayera y ella aprovechó para colgar la canasta en el manubrio. Se acomodó en la bicicleta y me hizo una señal por entre el manto de pelo que le cubría el rostro. Empecé a pedalear, sin prisa para no dejarla atrás.
Cuando salimos del puente, tomamos el camino de piedra por donde habíamos llegado. Íbamos en silencio, de vez en cuando nos mirábamos y sonreíamos.
—Oye, enmarañada —dije cuando el camino empezó a entrar en el bosque de pinos donde me contó por primera vez por qué le prometió a su madre que no volvería a motilarse.
—Dime.
—¿Al fin sí me dejarás vivir en tu maraña de pelo?
Volvió a mirarme con la misma mueca indefinida de antes.
—¿Y de qué vas a vivir ahí? —respondió apuntando a la canasta.
—De lo que vive toda la gente, ¿no? De aire y comida, ¿qué más?
—¿Y qué le decimos a tu familia?
—No les decimos nada, solo que me fui.
—Sabes que después del domingo no puedo volver por acá. A mi mamá la van a mandar muy lejos esta vez.
—Yo sé.
—Los vas a extrañar mucho.
—Te voy a extrañar más a vos.
Pedaleamos sin decir otra palabra hasta que salimos del bosque de pinos y comenzamos a descender por un camino zigzagueante entre la montaña.
Entonces se detuvo.
—Está bien —dijo.
—¿Qué? —respondí deteniéndome un poco más adelante.
—Dale, entra en la canasta.
Dudé un instante.
—¿Estás segura?
—Sí, entra.
La miré sin saber muy bien qué responder. Solté la bicicleta, que cayó ruidosamente sobre el cascajo, y me aproximé hasta el montículo donde esperaba por mí.
—Solo una cosa antes que lo hagas — me dijo.
—Sí —respondí casi a punto de saltar en el colchón de pelo que pronto se convertiría en mi nuevo hogar.
—Sabes muy bien qué le prometí a mi mamá.
—Sí, lo sé.
—Cuando pierda la segunda ene, no sé qué voy a ser, pero no voy a ser yo misma nunca más. Y no quiero ser Aa simplemente. Eso suena a un lamento y no me gustaría ser un lamento. Ese día prefiero transformarme en una cosa distinta. Y mi pelo será lo primero que se quede atrás. Espero que lo entiendas bien.
—Lo entiendo, no te preocupes —respondí y me acomodé en la canasta, envolviéndome con su pelo.
Había calma en sus ojos y alegría en los míos cuando empezó a pedalear. Al ingresar al pueblo, la metamorfosis se habría logrado por completo. Como otros antes que yo, pronto me convertiría en un mechón que rodearía muy despacio su cuerpo y a veces se elevaría con el viento. Un mechón que algún día, quizás en la madrugada, por cansancio o por amor, cortaría para aliviar un poco el peso de su cabeza.