Ella venía vestida de Colores
—Anna.
—¿Ana? —bromeé.
—No, An-na, con doble ene.
—¿Y uno para qué necesita dos enes en el nombre? —le pregunté—. Con una es más que suficiente.
Me miró con una mueca entre la burla y el halago. Movió la cabeza para acomodarse mejor y, con la mano que tenía libre, empezó a organizarse el pelo, que se había deslizado por los listones de madera del puente y casi rozaba el agua más abajo.