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Bertha Suárez
suarez_bertha@hotmail.com
No voy a hablar de una obra cualquiera. Se trata de uno de los mejores libros que he leído en los últimos años. Si la Unesco, en el año 1992, la incluyó en su colección de “Obras Representativas del Patrimonio de la Humanidad”, no debo estar muy equivocada. Su autor, Germán Espinosa, empezó a escribir esta obra en 1969 y tardó 12 años en terminarla. Tiene 19 capítulos, 555 páginas, pero ni un solo punto y seguido.
Esta novela de ficción histórica empieza con el relato de una joven en la Cartagena del siglo XVII, quien es a la vez narradora y protagonista: Genoveva de ser ad portas Alcocer. Nos narra su vida quemada en la hoguera por la Inquisición. Es un monólogo extenso (por la ausencia de puntos seguidos), que nos sumerge en su mente y apenas nos deja tiempo de respirar cuando cambiamos de capítulo. El relato va y viene constantemente sin un tiempo definido, como si fuera un péndulo o las mismísimas olas de la bahía de la ciudad amurallada.
Volvamos a la Cartagena de 1697, sitiada por los franceses y piratas. A partir de ese momento viajamos, a través de los recuerdos de Genoveva, por Europa en plena Ilustración en el Siglo de las Luces. Ella, con su sexualidad desaforada y su búsqueda del conocimiento, irrumpe en ambientes y funciones propios de los hombres de la época, como las logias masónicas, y se codea con científicos y pensadores como Voltaire. La novela confronta el oscurantismo religioso en América y España con el nacimiento de la ciencia moderna y el pensamiento racional en Europa, evidenciando el retraso español y el de sus colonias por causa del dogma cristiano y la Inquisición.
Genoveva Alcocer pasa de ser un personaje para encarnar las colonias hispanoamericanas capaces de asimilar la ciencia y caminar a la par de la modernidad europea, potencial tristemente frustrado por cuenta de dogmas paralizantes y el terror impuesto por el Tribunal de la Inquisición.
La tejedora de coronas es la obra cumbre de Espinosa. De la misma época literaria de Gabriel García Márquez, Espinosa prescindió deliberadamente del realismo mágico que el público de la época demandaba; una elección estilística que, si bien lo relegó a la sombra del Nobel, terminó por consolidar su libro como la gran obra maestra de la narrativa colombiana al margen del universo garciamarquiano.
Curiosamente, Espinosa ha tenido más reconocimiento en el exterior que en su país. Si bien, después de esta novela, comenzó a ser considerado uno de los grandes de la literatura colombiana, fue el gobierno francés que, en el año 2004, lo declaró Caballero de las Artes y las Letras por sus conocimientos sobre Francia y la relación de su obra con la historia y cultura francesas.
Con un estilo barroco, rico en lenguaje e históricamente riguroso, esta novela, exigente en su lectura, nos da una visión fascinante de la historia, la filosofía, la ciencia, la geografía, el esoterismo y el conocimiento, que la convierte en una obra fundamental de la literatura colombiana y latinoamericana.